Por el derecho a aburrirse


Recuerdo esas tardes de tedio en mi infancia, ese aburrimiento que me acompaño hasta que tuve 20 años, más o menos. Tardes en que no sabía qué hacer y que sentía el peso de la existencia casi tan grande como el muro al que miraba, viendo cómo un clavo había sido hundido oblicuamente, y que producía una sombra cuando la luz del sol entraba por la ventana. Un muro vacío durante largos momentos de nada.

¡Cómo todo ha cambiado!, porque ya no sé lo que es el aburrimiento. Hace tanto tiempo que no lo he estado que creo que ya no sé lo que se siente. En cada momento en el que creo que no sabré qué hacer, o que tendré que esperar, aunque sea solo un momento, siento como mi cerebro fuese tragado en ese remolino de acaparamiento de la atención. Redes sociales, privadas, profesionales y públicas; sitios de noticia, con y sin valor, humanas y ahora cada vez más artificiales, cuyo objetivo es solo captarnos más y más, hacernos adictas y adictos, para extraer nuestros datos, nuestra privacidad, para transformar, o más bien para forzar, nuestra intimidad, nuestra vida y pensamientos a entrar en un molde de datos, y así cuantificarnos y vendernos a quien quiera nuestra disponibilidad mental, dándonos desinformación, discursos de odio, polarización y pérdida de nuestra capacidad a tener una visión crítica del mundo. Para mantenernos enajenados ante un flujo incesante, que ya no se acaba, hasta que nuestros ojos duelen, nuestro cerebro se apaga o nos quedamos sin batería.

¿Qué hemos entregado a cambio de no aburrirnos, de la hiperconexión y de la inmediatez? ¿Cómo ver un progreso en el que los datos, la atención y la privacidad de cada una y uno es extraído, para generar plataformas de control y de creación de riquezas para grupos tan reducidos? ¿Cómo seguir participando a crear tecnología en estas condiciones, para así no abandonar el espacio digital? Pero sobre todo, ¿Cómo hemos dejado que esto llegase tan lejos, qué impactos tan profundos se instalen en nuestra vida y en nuestras sociedades y en nuestro futuro? ¿A quién beneficia este modelo? Porque sé que a nosotros y nosotras, consumidoras pasivas y con nuestra atención captada, gastando más tiempo del que nos gustaría, no nos beneficia.

Y es un problema. No solo por lo que no hago por estar mirando al teléfono, sino que por lo que podría ser. Porque además del presente, perdemos una multitud de posibilidades, de diversidades y futuros que ya no podrán ser. Esto porque en lo que a mí respecta, el aburrimiento siempre ha estado lejos de ser un estado tranquilo y letárgico. Fue gracias a él, y al hecho de no querer estarlo, que nacieron muchos juegos. Juegos de rol en el cual uno podía transformarse en una serie de dinosaurios, todo a base de la imaginación. O juegos de mesa, !cuántos juegos inventé! O también escritos, poemas y cuentos. Fue gracias al aburrimiento que planté porotos y maíces para ver qué pasaba, o que aprendí a usar ramas de sauce para hacer coronas. Fue así que leí tantos libros y que descubrí, caminando, tantos lugares.

Fue gracias a no tener algo inmediato con lo que rellenar esos espacios vacíos que pude aprender más de fotografía, leyendo y probando y preguntándome a qué sacarle fotos para aplicar lo que venía de leer.

Creo que no sería yo si no me hubiese aburrido nunca, no tendría ese deseo de aprender nuevas cosas y hacer cosas que nunca he hecho y quizás cuántas cosas que hoy soy, no sería si no me hubiese aburrido…

Y asusta, porque no sé lo que ya no seré en mi futuro, en 5 o 10 años. Quizás solo seré a lo que quieran reducirme, gracias a que me han salvado del aburrimiento. Y me pregunto, ¿qué será de las sociedades en el futuro, cuando existan generaciones completas que nunca se han aburrido, o que hayamos olvidado completamente lo que era?

No tengo la respuesta a lo que hay que hacer, pero quien hubiese pensado que quizás, el primer acto de liberación, sea simplemente volver a aburrirse, como cuando era niño y observaba deslumbrado, con tedio, la inmortalidad del cangrejo.